Un día de invierno, mientras caminaba con fray León por los caminos de Umbría, Francisco quiso explicarle qué era la verdadera alegría cristiana. Durante el trayecto fue enumerando situaciones que muchas personas considerarían motivo de felicidad: que los hermanos fueran grandes predicadores, que realizaran milagros, que conocieran todos los secretos de la ciencia o que convirtieran a muchas personas a la fe. Sin embargo, tras cada ejemplo repetía que en ninguna de esas cosas se encontraba la perfecta alegría.
Finalmente, Francisco describió una situación muy distinta. Imaginó que él y fray León llegaban de noche a un convento cansados, mojados y hambrientos. Los hermanos de la casa no los reconocían, los trataban como impostores y los expulsaban con insultos y golpes. Entonces explicó que, si eran capaces de soportar aquella humillación con paciencia, sin enfadarse y por amor a Cristo, allí se encontraba la perfecta alegría.