Después de consultar a santa Clara y a fray Silvestre sobre cuál era la voluntad de Dios para su vida, Francisco comprendió que no estaba llamado a retirarse en soledad, sino a recorrer el mundo anunciando el Evangelio y ayudando a la salvación de muchas personas. Lleno de entusiasmo, partió con algunos hermanos por los caminos de Umbría. Mientras caminaban entre Cannara y Bevagna, observaron una gran multitud de pájaros posados en los árboles y esparcidos por el campo.
Al ver aquella escena, Francisco sintió una profunda alegría y dijo a sus compañeros: «Esperadme aquí; voy a predicar a mis hermanos los pájaros». Se acercó a las aves y comenzó a hablarles del amor de Dios. Les recordó que el Creador les había dado alas para volar, árboles para anidar, agua para beber y alimento para sostenerse sin necesidad de sembrar ni cosechar. Por ello, les invitó a alabar siempre a Dios y a agradecerle todos sus dones. Según cuentan las Florecillas, los pájaros permanecieron inmóviles y atentos, y algunos incluso se acercaron tanto que tocaban el hábito del santo.
Cuando terminó la predicación, las aves comenzaron a agitar sus alas y a cantar con gran alegría, como si respondieran a las palabras de Francisco. Entonces él las bendijo con la señal de la cruz, y los pájaros levantaron el vuelo en distintas direcciones. Este episodio expresa una de las enseñanzas más características de San Francisco: toda la creación es obra de Dios y forma una gran familia en la que los seres humanos, los animales y la naturaleza están llamados a vivir en armonía y a alabar juntos a su Creador.